PRESENTE 365 días para caminar el duelo

PRESENTE: 365 días para caminar el duelo… y el comienzo de una nueva etapa como escritor

Hay libros que uno decide escribir. Y hay otros que, de alguna manera, terminan escribiéndolo a uno.

PRESENTE: 365 días para caminar el duelo pertenece a esa segunda categoría.

No nació de una brillante reunión creativa, de un estudio de mercado ni de una de esas madrugadas en las que uno dice: “Tengo una gran idea para un libro”. Nació de algo mucho menos glamuroso y bastante más humano: la ausencia.

Primero estuvo la muerte de mi madre. Después vino la experiencia de acompañar a mi esposa durante la enfermedad y muerte de su padre. Y en medio de todo eso apareció una pregunta que probablemente muchas personas se han hecho frente a una pérdida:

¿Y ahora cómo se supone que uno sigue viviendo?

No encontré una respuesta sencilla. Y quizá por eso terminé volviendo a un libro que había comenzado a escribir en mayo de 2014, después de la muerte de mi mamá, ocurrida apenas ocho días antes de mi cumpleaños. En ese momento, escribir fue una forma de catarsis, una manera de poner en palabras algo que todavía no sabía cómo procesar.

Un libro sobre el duelo que no promete milagros

Desde el comienzo tuve claro algo: no quería escribir otro manual que pretendiera decirle a una persona cuánto tiempo debe tardar en sanar. El duelo no funciona con cronómetro y tampoco tiene una línea de producción en la que uno entra triste por un extremo y sale completamente reconstruido 365 días después, preferiblemente sonriente, agradecido y listo para publicar una foto inspiradora en Instagram. La vida, por fortuna o por desgracia, es bastante más desordenada.

La investigación sobre el duelo lleva años mostrando precisamente eso. Modelos como el de Margaret Stroebe y Henk Schut plantean que quien atraviesa una pérdida suele moverse entre momentos orientados al dolor y otros enfocados en reconstruir la vida. No avanzamos en línea recta. A veces caminamos, retrocedemos, descansamos, recordamos, lloramos y, sin darnos cuenta, volvemos a reír. Y sí, esa risa también puede venir acompañada de culpa. Pasa más de lo que creemos.

Por eso PRESENTE no promete que al terminar el día 365 habrás “superado” tu pérdida. Propone algo mucho más honesto: acompañarte mientras aprendes a caminar con ella.

365 días para aprender a vivir con la ausencia

El libro está organizado en 365 reflexiones distribuidas a lo largo de doce etapas emocionales, pero la idea no es convertir el duelo en una tarea más de la agenda. Cada día propone un espacio breve para detenerse, mirar hacia adentro y reconocer lo que está pasando. No necesitas sentarte durante tres horas a analizar tu existencia mientras suena música tibetana y alguien enciende incienso. A veces bastan unos minutos, una pregunta, un ejercicio, un recuerdo o simplemente una pausa. También hay espacios opcionales de oración para quienes viven su espiritualidad de esa manera.

El propósito del libro no es olvidar. De hecho, creo que una de las ideas más dañinas alrededor del duelo es pensar que sanar significa dejar atrás a quien murió. Durante años, investigadores como Dennis Klass, Phyllis Silverman y Steven Nickman han estudiado lo que hoy conocemos como vínculos continuos: la posibilidad de mantener una relación simbólica y emocional con quien ya no está, mientras aprendemos a reorganizar nuestra propia vida.

Eso cambia la pregunta. Tal vez no se trata de: “¿Cómo hago para dejarlo ir?”

Tal vez la pregunta sea: “¿Cómo aprendo a llevar conmigo este amor de una manera diferente?”

Ahí está buena parte del espíritu de PRESENTE.

Un libro que también tiene banda sonora

Mientras escribía el libro ocurrió algo que inicialmente no estaba previsto: algunas páginas comenzaron a pedirme música. Quienes me conocen pueden dar fe de que, además de las letras, también amo profundamente la música. Me encanta cantar y, con bastante dignidad —o al menos eso quiero creer—, intento defenderme con la guitarra. Por eso, cuando el texto empezó a reclamar melodías, no se sintió como un giro extraño ni como un añadido forzado, sino como una evolución bastante orgánica del proyecto. Hay emociones que uno puede explicar, argumentar, describir y analizar. Y hay otras que parecen encontrar un camino distinto cuando aparecen una melodía, una voz y una canción.

Así nació el álbum PRESENTE, la banda sonora principal del libro. (Canciones escritas por mi y producidas con herramientas de inteligencia artificial).

No se trata simplemente de un conjunto de canciones inspiradas en el duelo. El álbum fue concebido como parte del recorrido narrativo de la obra y está compuesto por quince canciones vinculadas directamente con su estructura: dos acompañan la entrada al libro, doce corresponden a cada una de sus etapas y una última canción cierra el recorrido después del día 365.

Las canciones retoman símbolos, situaciones y emociones que aparecen una y otra vez en las páginas: una lámpara encendida, una silla vacía, una fotografía, una taza, una casa que ya no se siente igual, las preguntas sin respuesta, la culpa por volver a reír y los pequeños intentos por regresar a la vida. Por eso recomiendo escuchar el álbum en orden. Las canciones cuentan también una historia.

Comienza durante esa primera noche en la que alguien deja una luz encendida para quien acaba de perder a una persona que ama. Y termina 365 días después, en la misma mesa y con la misma lámpara, solo que ahora quien atravesó el camino comprende que puede dejarla encendida para alguien más.

Y después llegaron las canciones que hicieron falta

Pensé que musicalmente el proyecto había terminado ahí. Pero no. Cuando terminé las quince canciones de PRESENTE, comenzaron a aparecer historias que no habían encontrado espacio en ese primer recorrido. La despedida de alguien a quien todavía podemos tomar de la mano. El duelo que empieza incluso antes de la muerte. Las flores llevadas como un último gesto de gratitud. Las fotografías que terminamos aprendiendo de memoria. Las primeras fechas especiales sin esa persona. La espiritualidad, la esperanza del reencuentro y algunas historias que tenían nombres propios.

Entonces nació un segundo álbum: Luz que no se apaga.

No es una sustitución de la banda sonora original ni un proyecto separado. Es una continuación y un refuerzo de PRESENTE: otro conjunto de canciones que puede acompañar distintos momentos del libro y que surgió, precisamente, para contar esas historias que hicieron falta después de terminar el primer álbum. De alguna manera, el proyecto hizo lo que suelen hacer los duelos: siguió transformándose.

Además, el álbum reserva un espacio especialmente íntimo para cinco canciones nacidas de personas y vínculos muy concretos: una dedicada a mi esposa, Andrea; otra a su padre; una a mi madre; otra a mi padre; y una última pensada para todos los que todavía estamos a tiempo de decir, en vida, aquello que tantas veces dejamos para después.

Aunque nacieron de historias y personas concretas, no creo que sean canciones cerradas sobre mi familia. Al contrario: probablemente quien las escuche termine pensando en su propia madre, en su padre, en alguien que perdió o en alguien a quien todavía puede abrazar. Esa es, quizá, una de las cosas más bonitas de estas canciones: tienen destinatario, pero no tienen dueño.

Cinco canciones con destinatario… pero en las que cabemos muchos

Lo interesante de estas canciones es que, aunque nacieron de historias muy concretas, no se quedan encerradas en ellas.

Lo que querías de mí parte de una conversación íntima con Andrea, mi esposa, y de esa tristeza que aparece incluso antes de que lleguen ciertas fechas: el primer cumpleaños, la primera Navidad, los aniversarios y todos esos días que uno sabe que van a doler distinto. La canción no intenta negar esa ausencia, sino llevarla hacia otra pregunta: qué habría querido su padre para ella y cómo seguir viviendo también puede ser una forma de honrarlo.

Reparador de corazones, por su parte, retrata al padre de Andrea, nuestro querido don Gustavito, desde aquello que dejó en los demás: su forma de cuidar, de ayudar, de hacer más liviano un día difícil y de estar presente para otros sin esperar nada a cambio.

Después aparecen Madre y Padre, dos canciones profundamente personales, pero escritas desde emociones que difícilmente pertenecen a una sola familia. Y el recorrido termina con Te lo digo hoy, que cambia por completo la dirección de la despedida: en lugar de hablarle a quien ya no está, le habla a quienes todavía podemos abrazar, llamar y escuchar.

Quizá por eso siento que estas canciones tienen destinatario, pero no tienen dueño. Quien escuche Madre probablemente pensará en la suya; quien escuche Padre, en el suyo; quien haya perdido a alguien generoso y entrañable reconocerá algo de esa historia en Reparador de corazones; y quien todavía tenga a alguien importante cerca quizá termine Te lo digo hoy con una idea bastante sencilla y urgente: no esperar demasiado para decir lo que importa.

PRESENTE: Cancionero para el duelo

Y como ya había un libro y dos álbumes, era cuestión de tiempo antes de que apareciera otra idea. Así nació PRESENTE. Cancionero para el duelo, un anexo musical y literario que reúne las letras de los álbumes PRESENTE y Luz que no se apaga.

Pero el cancionero no se limita a transcribir las letras.

Cada canción tiene una pequeña historia que explica de dónde nació, qué momento del duelo representa y cómo dialoga con el libro. De esta manera, quien quiera profundizar puede leer una reflexión, escuchar la canción correspondiente y después descubrir qué había detrás de esa letra.

Libro, álbumes y cancionero terminaron formando un mismo universo narrativo.

Uno puede leerlo, escucharlo, escribir sobre él, detenerse y volver meses después.

O puede simplemente dejar sonar una canción mientras hace cualquier cosa cotidiana. También eso es válido. De hecho, el propio cancionero propone exactamente esa libertad: leer las canciones mientras se escuchan, cantarlas o simplemente dejarlas sonar mientras transcurre la vida.

Y quizá ahí esté una de las cosas que más me gustan de lo que terminó siendo PRESENTE: no obliga a vivir el duelo de una única manera.

No escribí este libro para enseñar a sufrir

Sería bastante pretencioso decir que escribí este libro para enseñar a sufrir. Lo escribí porque conozco algo de ese territorio. He estado ahí y sé lo que significa descubrir que el mundo continúa funcionando normalmente al día siguiente de que el tuyo acaba de cambiar por completo.

Los buses siguen pasando, la gente sigue comprando pan, llegan correos, aparecen compromisos y, en algún momento, alguien te pregunta cómo estás. Y uno quisiera responder con sinceridad, pero también piensa: “¿Cómo demonios se supone que voy a explicar esto en treinta segundos?”.

Quizá por eso PRESENTE no intenta convertirse en terapeuta, sacerdote ni gurú. Quiere ser algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más cercano: un acompañante. Un libro al que puedas volver cuando necesites ponerle palabras a algo que todavía no sabes explicar.

PRESENTE ya está disponible en Amazon

Después de escribirlo, corregirlo, volverlo a leer, dudar de algunas páginas y querer otras profundamente, llegó ese momento extraño para cualquier autor: dejar que el libro deje de ser solamente suyo. Hoy PRESENTE: 365 días para caminar el duelo ya está disponible en Amazon, en versión digital y edición impresa en tapa blanda, y confieso que verlo allí produce una sensación difícil de describir.

Porque ya no es solo un libro que escribí desde mi propia historia. Ahora puede llegar a alguien que esté atravesando la suya. A una persona que acaba de perder a alguien importante, que intenta entender lo que siente o que simplemente necesita una compañía serena en medio de un momento difícil.

Si estás viviendo un duelo, conoces a alguien que lo esté atravesando o quieres comprender mejor ese proceso, puedes encontrar PRESENTE: 365 días para caminar el duelo, de Rafael Rodríguez Ortiz, en Amazon.

Y parece que abrir esta puerta fue peligroso…

Después de PRESENTE ocurrió algo que no estaba del todo previsto: seguí escribiendo. Y escribiendo. Y escribiendo. Digamos que estoy atravesando una especie de etapa creativa 7.0 Ultra Plus. No sé exactamente qué actualización se instaló, pero claramente venía sin botón de apagado.

Ya estoy trabajando en otra historia de crecimiento personal. Esta vez, la mía. En realidad, llevo más de diez años intentando escribirla. Cada cierto tiempo volvía al manuscrito, retomaba el primer capítulo, corregía, ajustaba, volvía a corregir… y ahí me quedaba. Era una mezcla bastante poco productiva entre perfeccionismo —ese que convence a uno de que todavía “no está listo”— y procrastinación con argumentos aparentemente muy sofisticados.

A comienzos de enero de 2026 decidí romper ese ciclo y me comprometí a terminarlo. Probablemente será el proyecto más personal que he escrito hasta ahora y tendrá bastantes sorpresas sobre quién soy, algunas cosas que he vivido, los miedos que he tenido que atravesar y experiencias que, vistas desde afuera, probablemente nadie imaginaría. No quiero contar demasiado todavía; una cosa es generar expectativa y otra muy distinta arruinar mi propio libro antes de lanzarlo al mercado.

Este proyecto tiene, además, una particularidad. Aunque podría publicarlo directamente en formato digital e impresión bajo demanda, como he hecho con «PRESENTE», esta vez quiero intentar algo distinto: imprimirlo y distribuirlo en librerías nacionales. En este momento estoy esperando respuesta de dos editoriales, una local y otra internacional. Si alguna de ellas decide acompañar el proyecto, será una gran noticia. Y si no ocurre, también está bien: lo autopublicaré sin problema.

Porque, al final, mi intención con este libro no pasa por la fama ni por el reconocimiento. Lo que realmente quiero es que llegue a muchas personas, especialmente a quienes puedan reconocerse en alguna parte de esa historia y encontrar allí una conversación, una compañía o, quizá, una manera distinta de mirar lo que también les ha tocado vivir.

En mi estantería de proyectos también hay un libro sobre comunicación institucional y equipos de alto rendimiento, porque después de años observando organizaciones he confirmado algo bastante sencillo: muchos problemas que parecen operativos son, en realidad, problemas de comunicación disfrazados con Excel.

Hay además otro proyecto que me entusiasma especialmente: un libro sobre comunicación interpersonal efectiva, pensado alrededor de algo que parece elemental, pero que como sociedad todavía practicamos bastante mal: aprender a decirnos las cosas sin agredirnos, polarizarnos ni ofendernos.

Y hay un cuarto proyecto que, en cierto modo, lleva esa conversación hacia adentro. Parte de una pregunta muy simple: ¿cómo nos hablamos cuando nadie más nos escucha? Porque podemos aprender a comunicarnos mejor con otros, pero de poco sirve si nuestra conversación interna está llena de reproches, descalificaciones, exigencias imposibles o frases que jamás le diríamos a alguien que queremos. Ese libro explorará justamente ese territorio: cómo el lenguaje con el que nos tratamos termina influyendo en la forma en que nos vemos, en las decisiones que tomamos, en lo que creemos que merecemos y en la manera en que nos relacionamos con el mundo.

La idea es abordar esa conversación interna desde una mezcla de comunicación asertiva intrapersonal, programación neurolingüística y coaching ontológico, con una intención muy concreta: aprender a reconocer el lenguaje con el que nos construimos —o nos saboteamos— y comenzar a hablarnos de una manera más consciente, compasiva y útil. Porque, al final, también somos consecuencia de las palabras que repetimos sobre nosotros mismos.

Y cuando miro todos estos proyectos juntos, empiezo a sospechar que en realidad no estoy escribiendo sobre temas tan distintos. Estoy escribiendo, una y otra vez, sobre la comunicación como una forma de relacionarnos: con los demás, con las organizaciones, con nuestras pérdidas y con nosotros mismos.

Tal vez esa termine siendo también mi manera de entender la escritura. No quiero escribir libros simplemente para explicar cosas. Quiero escribirlos para acompañar conversaciones. Algunas serán difíciles, otras incómodas, varias tendrán bastante humor y sospecho que unas cuantas me obligarán primero a conversar conmigo mismo.

PRESENTE fue una puerta. Y resulta que detrás de esa puerta no apareció solamente otro libro. Aparecieron canciones, historias, proyectos y muchas ganas de seguir escribiendo. Ahora tengo mucha curiosidad por descubrir hacia dónde conduce.

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